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UNA DE TITERES

SER HUMANO

 -Verídica crónica de los mágicos eventos ocurridos por estos días en el Teatro Gualeguaychú-

La cita era a la hora de la siesta y los que vivimos en el litoral, sabemos que a la hora de la siesta por estos pagos pasan cosas raras.

Personalmente puedo dar fe que cuando era chico, Gualeguaychú a la hora de la siesta era asolado por el temible Viejo de la Bolsa, que se llevaba con destino incierto a los niños, que se negaban a dormir y con sus juegos ruidosos impedían el descanso de sus padres.

Y ni que decir de los correntinos que, en las mismas horas, han sufrido desde siempre el impiadoso ataque del no menos temible Pombero.

Así que salí caminando hacia el Teatro con prevención y sigilo; por las dudas.

Cuando doble por Urquiza, vi que mi alerta no era vana: en la vereda ancha de nuestro recreado coliseo flotaba en una especie de bruma, casi apoyado en el suelo, un carromato tirado por un tordillo con un cartel que indicaba que se llamaba: La Andariega.

En el pescante, un individuo de aspecto taciturno, que es imprescindible que todos conozcamos, Maese Trotamundos, descansaba con las riendas en su regazo y su cabeza recostada en uno de los parantes.

 

Maese Trotamundos y Don Javier

Así que entré al vestíbulo del Teatro con mucha discreción, porque tenía la certeza que Don Javier andaría por ahí cerca.

Y efectivamente, un duende calvo de imponente barba blanca, regordete y retacón, orientaba a los niños que iban ingresando a la sala, mientras se deshacía en galanterías claramente malintencionadas con las jóvenes maestras que oficiaban de chaperonas de la turba de infantes de muy corta edad que había tomado por asalto las butacas llenando completamente la sala.

Así que me instalé despacito en un palco, desde donde tener una buena perspectiva para apreciar lo que, a todas luces era algo fantástico que estaba ocurriendo.

Cuando mis ojos se acostumbraron a la brumosa y mágica penumbra que reinaba en la sala, advertí que había dos duendes mas, que estaban en el escenario, vestidos de negro,  que flotando en el aire también, como Don Javier y la Andariega, y se apuraban terminando de acicalar el retablo donde tendría lugar la extraordinaria ceremonia de la que, por privilegios de la vida, me tocaría ser testigo.

El griterío de los niños, a pesar de la hora era ensordecedor (menos mal que el Viejo de la Bolsa, solo anda por las calles) hasta que de repente se apagaron las luces y comenzó la asombrosa representación.

Los duendes negros se esfumaron y mimetizaron en el escenario y aparecieron los protagonistas de la historia.

“Los Vecinos” así se llama la obra, y relata las peripecias de un pueblo, muy parecido (debo decirlo) a Gualeguaychú donde en sus cercanías se instala una fábrica que consume todos los árboles de la zona para hacer papel y en el camino va destruyendo todas las cosas que mas amamos los que vivimos lugares como este.

El panadero, el maestro, el lápiz  y el águila pescadora con sus pichones, que debemos reconocer: son actores que están para el Colón, en un desarrollo dramático cuentan a la audiencia las peripecias de toda una comunidad que es tomada desprevenida por el más que inescrupuloso Mr. Von Paper, que les hace el cuento del tío a todos y arrasa con todos los árboles del escenario con sus temibles motosierras, incluido el mástil que sostiene la bandera de la escuela.

Pero lo que no se imaginaba Mr. Von Paper, es la increíble astucia de nuestros niños, que a lo largo de toda la obra van advirtiendo a los protagonistas con oportunos y estentóreos gritos y carcajadas, los peligros que se les van presentando a los protagonistas, permitiendo que al final, el malvado sea derrotado y expulsado, básicamente y debemos reconocerlo, por la increíble astucia y espíritu de nuestros maravillosos infantes.

Por la magia propia de estos eventos, oportunas regaderas aparecen por toda la escena y en rápida acción, como corresponde a toda buena obra, devuelven los árboles, las flores, la salud al águila pescadora y la felicidad a la comunidad tan duramente agredida.

Para los amantes del teatro, y debo decirlo, no era el público ideal, porque la participación escandalosa de los infantes, interactuando con los protagonistas, le quitaba solemnidad al espectáculo.

Especialmente la presencia de Don Javier, que desde la primera fila, con sus carcajadas estruendosas, sacudía los viejos cortinados de la sala, que parecían por momentos a punto de caerse.    Solo un momento se puso serio, cuando subió subrepticiamente al escenario a arreglar una lámpara que le dio, durante la presentación de la obra, mucho trabajo al marioneta presentador.

Terminada la función, y una vez más debo decirlo en honor a la más estricta verdad, Don Javier se subió a La Andariega, y con Maese Trotamundo en el pescante, remontaron rápidamente hacia el cielo en una oportuna nube que pasaba, que de tan blanca parecía una bola de algodón.

Pero regresado a la sala, me percate que los dos hermosísimos duendes que habían armado todo, Silvia y Hugo, todavía estaban, etéreos, flotando en la bruma, guardando las piezas de la escenografía para recrear esta historia imprescindible donde sea que haya que dar fe que los hombres buenos siempre triunfan, así que me acerqué despacito y sin poder hablar mucho porque  mi garganta estaba acalambrada, me permití darles un abrazo tan fuerte como me dieron los brazos, a pesar de que como todos bien sabemos, no hay que apretar mucho los duendes porque están hechos de una materia especial, la materia que la providencia se reserva para construir las mejores cosas de la vida, las que a pesar de todas las vicisitudes nos hacen finalmente pensar que sí, que vale la pena Ser Humano.

 

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