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TODOS OCULTAN LA CONTAMINACIÓN DE LOS RÍOS

Siempre se ha tratado el tema como un Secreto de Estado, como si al difundirse el estado de nuestros ríos los pueblos que los usan recreativamente y como fuentes de agua para beber se fueran a perjudicar, cuando es exactamente lo contrario.

El problema nace con la civilización humana, porque el hombre es el único animal que hace pis y caca en el mismo recinto de agua del que luego extrae la que va a beber. Y con el desarrollo de la industria química a los detritus humanos se sumaron las substancias químicas usadas por las poblaciones costeras y por la industria que deriva a los cursos de agua colindantes sus vertidos.

Los primeros que verificaron este drama fueron los países que rodean el Mar Báltico, porque durante casi un siglo, las plantas de celulosa que lo circundaban volcaban en él, sus líquidos residuales cargados de cloro, dioxinas y otras temibles substancias. Esto explica en parte, aunque ellos lo nieguen, el hecho que hayan traído sus plantaciones y plantas de celulosa a nuestra región. Los peces del Báltico no son aptos para consumo humano, a pesar de ello las poblaciones más pobres de Letonia, Estonia, Lituania y Polonia los siguen consumiendo. A pesar que la OMS revela su condición de alta contaminación.

En nuestros ríos Uruguay y Paraná el problema hoy es probablemente peor, porque al volcado en crudo de las cloacas de ciudades donde habitan millones de habitantes, se suman los lixiviados de la agricultura industrial que van a parar allí también

Y no solo eso, sus aguas contienen trazas de drogas como la cocaína, las anfetaminas y las opiáceas, todas de uso clandestino, que van a sus aguas por la orina de las cloacas vertidas. Esto ya fue determinado hace muchos años por la CARU -Comisión Administradora del Río Uruguay- que periódicamente hace análisis de las aguas.

Aunque la política siempre ha sido la misma: Ocultar para no Alarmar, como si de esta forma se redujera la magnitud del problema.

Por estos días se han dado a conocer estudios de científicos de la UNdeLP, que ratifican lo que todos sabemos hace años, aunque inexplicablemente solo informan de la presencia de ‘químicos legales’ y no de las drogas clandestinas e ilegales y mucho menos de los agrotóxicos.

Pareciera que una rara peste afecta las neuronas de las autoridades responsables, que siempre están escondiendo la realidad

Lo que si podemos afirmar desde FUNDAVIDA porque es nuestra convicción más profunda, que el primer paso para resolver los problemas es conocerlos y socializarlos, para después sí comenzar a enfrentarlos y solucionarlos. Pero por lo visto estamos muy lejos de eso.

FUENTE: infobae.com.ar

Cómo trabajan los científicos que detectaron fármacos de uso humano en peces del río Uruguay

La presencia de psicofármacos, analgésicos, antihipertensivos y otros medicamentos fue confirmada en las principales especies de peces, según informaron investigadores de Argentina, Uruguay y España. Y aunque su concentración no entrañaría riesgo para el consumo humano, pone una señal de alerta sobre su posible impacto en la biota acuática y advierte sobre la necesidad de que los centros urbanos sobre las riveras cuenten con plantas de tratamiento de efluentes cloacales adecuadas para su remoción.

De 17 fármacos analizados en 27 muestras de tejido muscular de sábalos, bogas y dorados recogidos en nueve sitios a lo largo de los 500 kilómetros del río, los investigadores detectaron 16, tal cual revela la revista Environmental Pollution.

En más de la mitad de las muestras de músculos de sábalos, bogas y dorados aparecieron dos medicamentos clásicos usados desde hace casi medio siglo: carbamazepina, una droga indicada para controlar crisis epilépticas y el trastorno bipolar; y atenolol, un betabloqueante que se receta para condiciones cardiovasculares, como insuficiencia cardíaca e hipertensión. En el mercado argentino se comercializan siete marcas distintas de carbamazepina y ocho de atenolol.

Otros fármacos detectados, aunque en menor proporción de las muestras, incluyen el antidepresivo venlafaxina, el analgésico opiáceo codeína y el diurético hidroclorotiazida.

De acuerdo con los niveles de ingesta diaria admisible, recomendados internacionalmente, «no existiría actualmente un riesgo para el consumo. Pero sabemos aún muy poco sobre los posibles riesgos que tales niveles de acumulación pueden representar para los propios peces», afirmó a la Agencia CyTA-Leloir el director del estudio, el doctor Pedro Carriquiriborde, del Centro de Investigaciones del Medioambiente, dependiente de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

La presencia de psicofármacos, analgésicos, antihipertensivos y otros medicamentos fue confirmada en las principales especies de peces, según informaron investigadores de Argentina, Uruguay y España. Y aunque su concentración no entrañaría riesgo para el consumo humano, pone una señal de alerta sobre su posible impacto en la biota acuática y advierte sobre la necesidad de que los centros urbanos sobre las riveras cuenten con plantas de tratamiento de efluentes cloacales adecuadas para su remoción.

De 17 fármacos analizados en 27 muestras de tejido muscular de sábalos, bogas y dorados recogidos en nueve sitios a lo largo de los 500 kilómetros del río, los investigadores detectaron 16, tal cual revela la revista Environmental Pollution.

En más de la mitad de las muestras de músculos de sábalos, bogas y dorados aparecieron dos medicamentos clásicos usados desde hace casi medio siglo: carbamazepina, una droga indicada para controlar crisis epilépticas y el trastorno bipolar; y atenolol, un betabloqueante que se receta para condiciones cardiovasculares, como insuficiencia cardíaca e hipertensión. En el mercado argentino se comercializan siete marcas distintas de carbamazepina y ocho de atenolol.

Otros fármacos detectados, aunque en menor proporción de las muestras, incluyen el antidepresivo venlafaxina, el analgésico opiáceo codeína y el diurético hidroclorotiazida.

De acuerdo con los niveles de ingesta diaria admisible, recomendados internacionalmente, «no existiría actualmente un riesgo para el consumo. Pero sabemos aún muy poco sobre los posibles riesgos que tales niveles de acumulación pueden representar para los propios peces», afirmó a la Agencia CyTA-Leloir el director del estudio, el doctor Pedro Carriquiriborde, del Centro de Investigaciones del Medioambiente, dependiente de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

«Los fármacos más frecuentes aparecían en sábalos, bogas y dorados, pero otros eran característicos de cada especie», señaló Carriquiriborde, quien también es investigador del CONICET, profesor de la UNLP y asesor de la Subcomisión de Pesca de la Comisión Administradora del Río Uruguay.

A lo largo del tramo del río Uruguay estudiado, existe un número grande de ciudades importantes ubicadas de a pares en una y otra orilla, como Monte Caseros y Bella Unión, Concordia y Salto, Colón y Paysandú, Concepción del Uruguay y Nuevo Berlín, y Gualeguaychú y Fray Bentos. «La mayoría de estos centros urbanos vuelca los efluentes crudos (que llevan heces y orinas contaminados con fármacos) o los someten a un tratamiento básico que suele ser ineficiente para remover los medicamentos por completo», explicó el científico platense.


En los últimos años, se han empezado a construir plantas de tratamiento de aguas residuales en algunos tramos del Uruguay. «Este estudio podrá servir para comparar en el tiempo su eficiencia para reducir la presencia de estos compuestos en el río y su acumulación por los peces», indicó
El hallazgo es fruto de la tesis doctoral de la licenciada Macarena Rojo, becaria del CONICET bajo la dirección de Carriquiriborde en la Facultad de Ciencias Exactas de la UNLP. Y contó con la participación Alejandro Dománico, de la Dirección Nacional de Pesca de la Argentina; Rosanna Foti, de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos del Uruguay; y Diana Álvarez-Muñoz, Sara Rodriguez-Mozaz y Damià Barceló, del Instituto Catalán para Investigación del Agua (ICRA), en Girona, España.

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