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¿Qué Argentina? ¿Qué progreso?

¿Qué Argentina? ¿Qué progreso?

Quienes peinamos canas, ó mejor aún, quienes ya tenemos poco y nada para peinar recordamos un Argentina provinciana, alejada de aquellos estereotipos que nos llegaban en revistas y noticieros y nos mostraban otras sociedades donde la infraestructura urbana, los automóviles, los enormes aviones nos ponían en situación de resignarnos a un atraso crónico e intolerable.

Los informativos mostraban las grandes ciudades europeas reconstruyéndose vertiginosamente en el período posterior a la segunda guerra mundial y nos apabullaban con edificios, puentes y autopistas enormes que se entrecruzaban en laberíntico diseño dejándonos con la boca abierta ante tanta maravilla.

Volvíamos a nuestra mas que modesta realidad y teníamos, por ejemplo, que enfrentar un viaje a Buenos Aires que mas que viaje era una odisea en varias etapas, ripio-balsa-ripio-balsa y finalmente una ruta angosta que nos depositaba en la gran urbe, la que poco a poco despertaba a la posibilidad de esos paradigmas importados: autovias urbanas, rascacielos, y otras mega construcciones por el estilo.

Todos acordábamos entonces que eso era el progreso: gigantismo, moles de cemento, autopistas y otras lindezas por el estilo.

Incluso más, en aquellos lejanos 50/60 del siglo pasado, si hubiera venido una enorme y moderna empresa celulósica a instalarse a Gualeguaychú, ¿finlandesa quizás?, prometiendo centenares y/ó miles de puestos de trabajo y una compleja y moderna fábrica coronada por una gigantesca chimenea, me atrevo a pensar que el acuerdo social hubiera sido también unánime: ¡bienvenido el progreso!

Pero el tiempo pasó, y fuimos aprendiendo con sangre que “el progreso” no era gratis, incluso mucho más, que demasiadas veces, lo que pensábamos como progreso, lo era pero no para nosotros sino para otras latitudes y que aquí solo nos quedaban los costos.

Larry Sammers, actual asesor del presidente de los EEUU, en 1992, cuando estaba en el BM,  en su famoso memorando secreto comenzó a develar la cuestión:…” “una cantidad dada de contaminación ambiental debería hacerse en los países pobres, donde los salarios menores harían menores las necesarias indemnizaciones por los muertos inevitables, la gente de estos países tiene tasas elevadas de mortalidad infantil y no necesitan preocuparse porque igual se mueren jóvenes”.

En aquellos años, estos organismos internacionales, obrando en consecuencia nos regalaban dinero para que subsidiáramos las plantaciones industriales en nuestra región.  Y eso también por un lado nos era inexplicable, tanta generosidad, que en realidad era la misma que la del chacarero que le “regala” un rico alimento balanceado a sus cerdos para después faenarlos y hacerlos chorizos.

Hoy asistimos al mismo panorama.

Se anuncian y construyen obras monumentales de infraestructura, supercarreteras, hidrovías, dragados y canalizaciones, represas, y todo lo que ustedes quieran agregar a este listado, pero ¿para qué?

La intención es la misma que tenían los discípulos de Summers que nos regalaban fondos para forestar nuestros campos en el litoral, para después trasladarnos sus fábricas de celulosa, hartos ellos de las consecuencias de estas plantas que envenenaban su gente y sus ríos.

Hoy han aprendido, pero nosotros no, han confirmado que somos tan candorosamente tontos que hoy ni siquiera nos tienen que regalar el dinero para que nos hagamos cargo de sus costos externalizados, simplemente tienen que otorgarnos créditos, que nosotros aceptaremos encantados porque nos permitirán al tan ansiado “progreso” prometido por los paradigmas del industrialismo.

Entonces vemos a los costados de la autopista mesopotámica, carteles que anuncian: Obra financiada con fondos de IIRSA, o sea con créditos internacionales que cumplen el doble objetivo de condicionar nuestro futuro con su pago y construirles a ellos la infraestructura que necesitan para extraer masivamente nuestros tesoros escondidos en el interior de América, para seguir dilapidándolos en el festival de consumismo de la civilización actual.

Pero el candor de nuestros pueblos se termina, al igual que la inocencia desaparece con la madurez, ya sabemos que el “progreso” no necesariamente es bueno para nosotros: el supuesto “progreso” de BOTNIA nos envenena todos los días con sus exudados.

Entonces quizás haya llegado la hora de preguntarnos qué Argentina y progreso queremos.

Supercarreteras, dragado de nuestros ríos, enormes puertos privados para buques de una escala desconocida hasta ahora, aeropuertos internacionales en el interior profundo.

Pero ¿para qué?

Por ahora no hemos consensuado un plan para nuestra región, ni siquiera lo hemos planteado, solamente cuando lo hagamos y sepamos donde queremos ir, nosotros no ellos, podremos decir que obras de infraestructura queremos y para qué.

Pero para eso nos debemos un profundo debate regional que nos aclare que es lo que queremos a futuro, mientras tanto, sin ese contexto no tendremos argumentos sólidos para decidir que obras apuntan a nuestro progreso y cuales significarán por el contrario hipotecar nuestro futuro.

 

 

 

 

 

 

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