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ARROYITO MIO

ARROYITO MIO

 Si existe un recuerdo que confirma definitivamente la identidad de los entrerrianos, es el de algún evento en la costa de un arroyo.

Nuestra geografía esta surcada por miles de kilómetros de cursos de agua que la traviesan en todas direcciones.

Siempre hemos tenido a mano algún paraje cercano, en el  que recostarnos en jornadas de descanso, a disfrutar de un poco de sombra, un baño para refrescarnos ó una reparadora y bucólica siesta.

Quién no tiene algún recuerdo de alguna jornada a la sombra de alguna arboleda en la costa, de alguna tarde pescando tarariras, bagres ó anguilas disfrutando con la familia o amigos de este singular privilegio con que la naturaleza nos ha premiado a quienes nacimos ó vivimos en esta comarca que con propiedad ha dado en llamarse Entre Ríos.

Sin embargo esta maravillosa posibilidad, junto a tantas otras, están pasando al baúl de los recuerdos, en nuestras narices, sin que nos alertemos, resignados a circunstancias que muchos se empecinan en presentarnos como inevitables, como consecuencias previsibles e irreversibles de un presunto y cada vez más cuestionados paradigma de progreso.

La organización RAP-Al Uruguay, publica un informe que a pesar de haber sido elaborado en otras geografías describe fotográficamente lo que está pasando con los arroyos entrerrianos.

Según un estudio efectuado por UFC, Unión Federal de Consumidores de Francia, la agricultura intensiva es responsable de dos terceras partes de la contaminación del agua potable.

Los agrotóxicos usados en la agricultura representan la mayor contaminación agrícola que se produce en el agua, siendo la atrazina, un herbicida ampliamente utilizado, responsable del 60% esa contaminación. Esto se debe a su persistencia en el medio ambiente por largos años, sino décadas, después de haber sido utilizada. Ejemplo de esta situación es la propia Francia, donde la atrazina fue prohibida en el 2003 y aún sigue presente en el agua. En el resto de la Unión Europea se prohibió en el 2007.

De acuerdo a esta misma organización (UFC), su presidente, Alain Bazot, las autoridades competentes no dan una respuesta verdadera al problema, y la “solución” que han encontrado es abandonar las fuentes contaminadas de provisión de agua potable y buscar otras que aún quedan limpias. Cifras publicadas en febrero por la Dirección General de Salud de Francia ilustran esta situación: 4.811 cuencas han sido abandonados entre 1998 y 2008.

Aquí no dudamos que el panorama es peor, porque la agricultura industrial a tomado en la actualidad más de dos millones de hectáreas en nuestra provincia, desparramadas en todo el territorio abarcándola con sus prácticas que utilizan a mansalva tóxicos y venenos, ya prohibidos en otras latitudes como el temible Endosulfán.

Y no dudamos que el panorama es peor, porque aquí no existe ninguna asociación de consumidores, ni tampoco gobiernos locales, ó incluso el provincial que estén haciendo relevamientos responsables de los cursos de agua y su grado de contaminación con estas substancias.

Incluso más, todavía encontramos exegetas de estas formas de cultivo que justifican las fumigaciones masivas sobre poblaciones y cursos de agua como una circunstancia menor, sin importancia.

Refieren nuestros vecinos que: “El proceso de potabilización, ignora sencillamente la posibilidad de presencia de agrotóxicos, pero quizás lo peor es la falta de información por parte de la población.

Tenemos muy pocos datos sobre la presencia de agrotóxicos en el agua, ya que no existen estudios a escala nacional, hecho que afecta la salud de la población.

Para evitar el desarrollo de enfermedades graves, como cáncer o alteraciones neurológicas, que pueden resultar de la ingestión de cantidades muy limitadas de agrotóxicos, las autoridades competentes deberían de realizar análisis en busca de la presencia de agrotóxicos en la agua, y desarrollar medidas de filtración. Estos cambios ahora son urgentes, ya que deberían haberse producido hace tiempo”.

Idénticas circunstancias nos afligen aquí, sin que tampoco hagamos nada, aunque hoy ya es un lugar común, escuchar, especialmente de la boca de la gente de campo que nuestros arroyos están muertos, que ya no hay ni tarariras ni anguilas ni bagres en ellos.

Y a pesar de esto no actuamos, como si lo que esta ocurriendo fuera un castigo bíblico y no una circunstancia perfectamente evitable.

 

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