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DISCURSOS QUE ACLARAN -todo sobre el modelo sojero-

Pagina 12  -13 de agosto-

Respuesta a Giardinelli

Por Gustavo Grobocopatel

Estimado Mempo:

Qué alegría poder intercambiar ideas, con respeto, entre personas comprometidas con el interior del país. El afecto que sentí de tus palabras lo retribuyo por los mismos motivos. En principio no me considero un experto, creo que las cosas son tan complejas que se necesitan miradas desde varios lados. Creo en los procesos colectivos con una certidumbre que me asusta. Lo que sí me estimula es el conocimiento, no como verdad, sino como proceso. No es que desestime lo emotivo, ya sabés que tengo una parte de músico, sólo digo que debe haber una tensión entre la emoción y la razón. Quiero decir también que no me hago cargo de todos los empresarios, como seguramente no te harás cargo vos de todos los intelectuales. Voy a hablar de mí mismo, mi empresa y mi punto de vista, que un amigo definió como la vista en un punto. Dejame entonces poder reflexionar sobre cada uno de los párrafos de tu carta y, como bien lo decís al final, que sea sólo el principio. Quizá pueda visitarte pronto en tu querido Chaco y vos en mi querida Casares, y así podamos, sobre las geografías, seguir construyendo juntos.

Es cierto que tengo intereses, todos los tenemos, pero creo que esto no me debe marginar del debate. Yo creo en el interés que también es compromiso y, mejor aún, integridad. En mi caso particular, mi interés está vinculado con el placer de la creación y la realización con otros. Todo lo que ves y te preocupa es sin duda una realidad que, desde mi punto de vista, se debe no sólo al oportunismo de algunos pocos, sino a la falta de un Estado de calidad, responsable y respondible. Los problemas que describís deberían ser resueltos con un ordenamiento territorial, con organismos de control, con justicia. Sin soja, este proceso de deterioro que observás se hubiera acelerado, más pobreza, más migraciones a las villas de Rosario o Buenos Aires. Los problemas importantes de degradación datan en el Chaco de mucho tiempo atrás, antes de la soja, y estaban vinculados con una agricultura con labranzas.

La agricultura sin campesinos es parte de un nuevo paradigma vinculado con trasformaciones en la sociedad. Es un proceso que observamos desde la década del ’40, no está asociado a una ideología y no afecta sólo al campo; también hay muchas industrias con menos obreros. Por supuesto que las políticas aceleran o retrasan el proceso y lo pueden hacer más o menos equitativo, pero es inevitable y, desde mi punto de vista, positivo más allá de los temores que despierte. Yo recuerdo a mi abuelo y sus vecinos trabajando en el campo, un esfuerzo enorme, con condiciones de vida hoy inaceptables, sin comunicaciones, sin acceso. La movilidad social era mucho más lenta, para ser agricultor tenías que ser hijo de… Hoy los emprendedores, no importa su origen, pueden llegar a ser productores. Un sistema de acceso muy democrático a los factores de la producción. También recuerdo, no hace mucho tiempo, a pequeños productores que estaban a punto de perder sus campos en manos de los bancos o de los usureros locales. Este nuevo sistema agrícola de servicios ha hecho mucho más por ellos que el Estado o los organismos públicos o multilaterales.

La nueva agricultura, con campesinos transformados en emprendedores, en proveedores de servicios, con hijos en las universidades o escuelas técnicas, con condiciones de trabajo calificadas, creo que es lo mejor para toda la sociedad. Hay más empleo, pero alocados en diferentes lugares, menos productores, más proveedores de servicios, más industrias. El impacto sobre la sociedad está estudiado incipientemente, pero los primeros resultados son optimistas. En un reciente trabajo encargado por Naciones Unidas se comprobó que diferentes grupos de interés vinculados con Los Grobo han ganado en autonomía, empleabilidad (que para mí es más importante que el empleo), enprendedurismo y liderazgo. Una sociedad más libre, más creativa, con más capacidad de adaptarse a los cambios, con más acceso al conocimiento. Por supuesto que esto no basta. Tenemos que tener un Estado e instituciones fuertes, robustas, que faciliten, que estimulen, que den igualdad de oportunidades.

Mempo, en Casares el agua está contaminada igual y en muchos lugares también, pero esto no es por la soja. No es que no haya riesgos; en Europa, las napas están contaminadas por siglos de agricultura irracional; felizmente en la Argentina no tenemos esos problemas y hay que prevenirlos sobre la base de los conocimientos y la presencia de un Estado que controle, que no es lo mismo que detener o impedir. Yo creo que la desocupación es menor a la que hubiera habido sin soja, en todo caso lo que falta es la industrialización de la soja en origen y así dar más trabajo. Por ejemplo, transformar la soja en pollo, cerdos, milanesas o derivados lácteos. El tema es cómo se estimula ese proceso. Mi punto de vista es que debería ser la inversión privada con incentivos desde el Estado. Para que haya inversión tiene que haber una percepción de que el esfuerzo vale la pena. En nuestro país el éxito está mal visto, los empresarios son permanentemente degradados, los emprendedores no tienen ganancias suficientes porque la presión impositiva es grande, no hay posibilidades de invertir. Yo puedo decirlo, ya que contra viento y marea en los últimos años invertí en producción de pollo, de harinas, de fideos, etcétera. No lo hice con ganancias grandes, tuve que vender el 25 por ciento de mi empresa a inversores brasileños y no tuve gran apoyo de los bancos. Qué bueno sería que sean las ganancias genuinas las que incentiven estas inversiones y que haya grandes empresas nacionales que se globalicen y sean parte de una gesta nacional en el mundo. Entonces en Charata o en Sáenz Peña o cualquier otro lugar de Chaco tendríamos más trabajo y retendríamos a la gente en sus lugares. No para subsistir sin dignidad, que para mí es sinónimo de “agricultura familiar”, sino para vivir con calidad y oportunidades.

Yo creo que los beneficios de la agricultura están distribuidos en la sociedad. La Argentina este año crecerá el 7 u 8 por ciento, de eso el 3 por ciento se debe a la soja. Y hay otros sectores vinculados: la industria automotriz, petroquímica, química, electrónica, metalmecánica, etcétera. No hubiesen sido posibles las Asignaciones por Hijo, los aumentos a jubilados, sin el aporte del campo. No es lo único, por favor; pero debemos reconocer y agradecer el aporte. Aunque sea sólo para que haya entusiasmo y seguir aportando.

Las cosas que te preocupan tienen para mí otra lectura: gracias a la siembra directa no estamos desertificando más, el glifosato es el menos malo de los herbicidas y no pasa a las napas porque se destruye al tocar el suelo. La desigualdad no se puede combatir si no hay creación de riqueza, salvo que quisiéramos igualar para abajo. Creo que la sociedad se debe un debate claro y objetivo sobre estos temas.

Dejame que te dé otro punto de vista sobre la “voracidad rural”. Hoy un productor aporta el 80 por ciento de sus ganancias como impuestos, con el agravante de que si pierde dinero sigue pagando. El problema no es pagar impuestos. Yo creo que debemos pagar muchos impuestos y fortalecer al Estado. El problema es cómo se paga. Las retenciones son anti-Chaco, anti–desarrollo rural, anti-equidad. De esto tengo certeza. Hay que cambiar el modelo impositivo, en forma transicional, pero urgente. Por más parches que se les ponga como segmentaciones de todo tipo, devoluciones, si esto no ocurre, no podremos dar vuelta la página y caminar hacia el desarrollo inclusivo. Aquí hay varios socios para que esto no cambie: parte de los políticos, muchos empresarios y muchos confundidos por las peleas políticas de corto plazo.

Creo que los empresarios debemos tener una responsabilidad enorme en este proceso, también los intelectuales, los académicos y todos los sectores de la comunidad. La acusación de negrear o comprar medios es, por lo menos, injusta para la mayoría que cumplimos con nuestras obligaciones. No digo que no haya casos, pero no puedo aceptar este prejuicio como parte de un debate equilibrado entre lo emocional y lo racional. Los prejuicios no ayudan a las emociones y a las razones.

Espero, con entusiasmo, el momento de vernos personalmente y discutir sobre, como bien vos decís, nuestro amado país.

Un abrazo.

* Respuesta a la nota publicada por Mempo Giardinelli en la edición del miércoles 11 de agosto.

18 de agosto

Carta a Aldo Ferrer

Por Gustavo Grobocopatel

Mempo Giardinelli inauguró la semana pasada un debate sobre la soja y el desarrollo agrario con una carta pública destinada a Gustavo Grobocopatel, uno de los más importantes productores sojeros del país. Este le contestó, lo que motivó la réplica de Mempo Giardinelli, pero también se sumaron Aldo Ferrer y Enrique Martínez. Aquí se reproduce la respuesta de Grobocopatel a Ferrer.

Estimado Aldo:

Recuerdo muy bien haber escrito juntos ese artículo sobre el modelo de desarrollo de la Argentina y también las largas charlas sobre el tema. Tengo claro que no hay diferentes visiones entre nosotros sobre hacia dónde debemos ir como sociedad y economía; nuestras diferencias están en cómo llegar. No voy a opinar sólo desde las ideas, lo hago comprometido e involucrado. En Los Grobo invertimos en industrializar materias primas con molinos harineros, avicultura y alimentos congelados y actualmente estamos invirtiendo en una fábrica de pastas. En ninguno de estos casos la decisión fue tomada y estimulada porque hay retenciones.

Quisiera sólo hacer comentarios de alguien que no es economista pero que, con el respeto y consideración que sabes tengo por vos, tiene muchas dudas sobre tus argumentos que defienden la utilización de las retenciones.

En principio las retenciones son utilizadas desde hace más de 8 años en forma ininterrumpida y ocuparon mediante distintos tipos de mecanismos gran parte de los últimos 50. El balance general en estos años no fue bueno: no generó una industrialización competitiva ni sustentable, tampoco grandes cantidades de empresas argentinas de calidad global; los pobres aumentaron y la brecha con los más ricos también; el PBI de Argentina no creció como el de los países semejantes y otras medidas de bienestar más modernas arrojan resultados realmente malos. Para tomar un caso cercano: Brasil, sin retenciones y con un tipo de cambio bajo, tuvo todos los logros que no pudimos conseguir, disminuyendo la pobreza de forma sorprendente. Seguramente habrá muchas explicaciones, pero sin duda que las retenciones y tipo de cambio alto no son condiciones fundamentales para conseguir el país que ambos queremos.

Respeto tus argumentos macroeconómicos y aprendo con tus ideas, pero me gustaría contarte, desde la microeconomía, qué hubiese sucedido si no se hubieran cobrado retenciones (aquí remarco que es fundamental tener políticas de incentivos a la inversión, al combate contra la evasión y un Estado fuerte y dinámico: de calidad). Podría hablar de la historia que conozco bien, mi empresa Los Grobo. Con más ganancias hubiéramos invertido en industrializar más las materias primas. No es que no lo hayamos hecho –más por la visión que por el incentivo económico– pero, por ejemplo, tenemos un 10 por ciento de participación en una planta que faena 100.000 pollos por día y es la única inversión en una nueva empresa avícola en Argentina de los últimos 30 años. En Brasil las empresas más competitivas faenan 1.000.000 pollos por día. Es decir, que en nuestro país deberíamos haber generado una inversión mucho más agresiva en este sector y haber logrado empresas globales altamente competitivas. Chile lo está haciendo con maíz y soja argentina. En cerdos recién nos autoabastecemos, en lácteos deberíamos ser grandes proveedores globales con productos con denominación de origen, y ni hablar de otros sectores de la economías regionales. Como sabés, esto dinamiza a muchos otros sectores aparentemente desconectados de la agroindustria: la metalmecánica, la petroquímica, la industria automotriz, la electrónica, el software, etc.

En Brasil, por ejemplo, hay unas 20 o 30 empresas multinacionales de capital brasilero que el Estado ayuda para que sean número uno en el mundo. Creo que en el sistema impositivo está una de las razones más importantes por las que vamos perdiendo empresas en Argentina en manos de los extranjeros y también porque los emprendedores tienen poca capacidad de supervivencia y no pasan los primeros estadios de su evolución.

En el interior hay miles de emprendedores que, como Los Grobo, están en las gateras esperando las señales. Los pueblos de interior se llenarían de pymes y grandes empresas. El empleo aumentaría y se revertiría el proceso migratorio. El problema de fondo de las retenciones es que genera protección también a sectores que no pudieron ni pueden salir de sus problemas. Las políticas activas de Estado permiten, cuando son diseñadas tomando en cuenta los agentes que las reciben, aumentar la producción a la vez que disminuir los precios de los bienes y servicios que consume la gente, aumentando la calidad de vida de los habitantes y desarrollando la Argentina. Ese aumento en la producción permitiría además generar puestos de trabajo de calidad que incorporen la matriz de conocimiento del siglo XXI.

En lo personal tengo plena confianza en el despliegue del talento argentino en todos los ámbitos en los que somos buenos: software, agroindustria, diseño, producción de tubos sin costura, cajas de cambio, productos farmacéuticos, ciencia (eso que todos saludamos la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva), electrónica y esa otra gran industria sin chimeneas que es el turismo, que también constituye un factor de desarrollo y cohesión social en el interior del país. Necesitamos un mensaje claro del Estado, de la sociedad, y desde allí salir a conquistar el mundo con productos y servicios argentinos.

El impacto sobre los precios internos ya es un tema del que pocos dudan. En la soja el efecto es nulo y en el trigo y maíz es mínimo. En el pan o en una medialuna son mucho más importantes los costos de transporte, marketing, packaging, que el de la materia prima. En las carnes la baja de precios estará determinada por el aumento de la oferta, que es rápida en pollos, pescados y cerdos. Todos los países toman decisiones de política económica con arsenales diferentes, lo llamativo es que ninguno utilice las retenciones como eje central de su política de industrialización.

Coincido plenamente en que con la agroindustria no es suficiente, pero creo que debería ser el motor, por la demanda internacional y por las capacidades competitivas que tenemos.

Es como hicieron en Finlandia hace 20 años, que los llevó de una crisis terminal a ser el país número uno del mundo. En palabras del sociólogo Manuel Castells: “Apostaron a lo que andaba bien y lo potenciaron para darle una dimensión global; el resto de las industrias acompañaron y se desarrollaron, primero al amparo de los sectores más competitivos y luego por competencias adquiridas”. En Argentina debemos aspirar a ser uno de los mejores 30 países del mundo en los próximos 20 años.

Creo que el tema de retenciones o, mejor aún, el sistema impositivo de los próximos 20 años, es una discusión crucial para toda la sociedad. De ello dependerá hacia dónde caminaremos como sociedad y nación. El documento que escribimos juntos lo describe muy bien, en eso coincidimos. Creo que es tiempo de liberar las fuerzas productivas e impulsar un Estado de calidad. Hay que pagar muchos impuestos y el Estado debe dar cuenta a la sociedad de sus resultados. Soy partidario de reemplazar las retenciones –lo digo públicamente desde hace varios años y me gané varios enemigos–, no de eliminar el pago de impuestos.

Comprendo tus comentarios acerca de que la ciencia y la tecnología son materia de las manufacturas industriales, pero creo que nos debemos una visita al “nuevo campo” y que veas cómo la aplicación de biotecnología, nanotecnología y TICs está cambiando el sistema de producción. Con el agregado de que estas innovaciones son difundidas muy rápidamente en el sector.

Por último, con relación a tu afirmación de que las retenciones deberían ser “flexibles”, descreo, con mi corta experiencia, de que nuestro Estado tome las decisiones en tiempo y forma, ajustando los impuestos de acuerdo con las relaciones entre precios y costos. Creo que debemos definir reglas de juego claras por los próximos 20 años y cumplirlas. Creo que asignarle esta responsabilidad al Estado nos pone en riesgo de caer en burocracias y corrupciones varias que definitivamente nos condenarían a décadas de pobreza y marginación.

Sin retenciones pasaríamos de 10 a 20 millones de tn de trigo, el precio bajaría y recobraríamos nuestra participación en el mercado brasileño. En el caso del maíz es similar, pasaríamos de 25 a 50 millones de tn. De la carne ni hablar, gracias a las políticas tenemos la carne más cara del mundo. Los precios internacionales pueden subir, pero luego bajarán por el aumento de oferta; ésta es la historia que se repite desde hace décadas. Cuando los mercados funcionan bien, el mejor remedio para los altos precios son los altos precios.

Coincido contigo en que estos problemas deben ser integrados al proyecto de desarrollo nacional que pensamos juntos y sobre el cual escribimos. Espero que estas reflexiones públicas sirvan para entender los diversos puntos de vista que hay sobre por qué nuestro país es aún una promesa y, a pesar de sus múltiples condiciones, no está necesariamente predestinado al éxito económico ni social…

Un abrazo con el mayor afecto.

PAGINA 12 24 DE AGOSTO

Respuesta a Grobo II

Mempo Giardinelli fue el promotor del debate sobre el modelo agrario basado en la soja con una carta abierta al empresario Gustavo Grobocopatel, uno de los principales productores de soja del país. A partir de esa misiva hubo una serie de intercambios con la participación de otros protagonistas. Aldo Ferrer intervino, con la inmediata réplica de Grobocopatel, a quien le respondió nuevamente el prestigioso economista.

Por Aldo Ferrer

Estimado Gustavo:

Tu respuesta a mi carta anterior plantea cuestiones importantes que merecen ser analizadas. Son las siguientes:

Tipo de cambio y retenciones. Apelando a la experiencia brasileña, sugerís que la mejor política es un tipo de cambio bajo sin retenciones. Nuestra experiencia no ratifica la propuesta ni, tampoco, la brasileña. Aquí tuvimos esa política bajo el régimen de “la tablita” a fines de la década del ’70 y, en el de la del ’90, con el de la convertibilidad. En aquel entonces, la producción del agro no creció y, en la última, aumentó a una tasa anual del 2,0 por ciento. Pero después del 2002, con retenciones, el agro creció el doble. ¿Por qué sucede esto? Por múltiples razones. Entre otras, que un régimen de tipo de cambio bajo sin retenciones provoca fuertes desequilibrios en la macroeconomía, déficit en los pagos internacionales, insolvencia fiscal, aumento de la deuda y, consecuentemente, vulnerabilidad, incumplimiento de los contratos e inseguridad jurídica. Ese fue el epílogo de la tablita y la convertibilidad. El campo sufre, como el resto del sistema, las consecuencias de una mala política macroeconómica. En la actualidad, con una economía sustentada en sus propios medios, con superávit en sus pagos internacionales, solvencia fiscal y reservas en el Banco Central, el agro crece con un tipo de cambio competitivo y retenciones que son compatibles con su rentabilidad y desarrollo.

El mejor espejo donde mirarnos en esta materia no es Brasil sino los “tigres asiáticos”, como Corea, Taiwán y China. Todos ellos han sustentado su transformación productiva en políticas activas de industrialización, educación, impulso a la ciencia y la tecnología e industrias de frontera y tipos de cambio competitivos. Como lo revela la experiencia de los países emergentes exitosos, la paridad adecuada de la moneda nacional no es una condición suficiente del desarrollo pero sí una condición absolutamente necesaria.

En Brasil, la apreciación del tipo de cambio que evita las retenciones, el resultado macroeconómico es mediocre. Desde el 2002 a la fecha, a juzgar por el desempeño de las dos economías, salvo en materia de inflación, la política argentina es mejor que la brasileña. En el período, el PBI argentino aumentó el 60 por ciento y el brasileño, el 30 por ciento. Respecto de la inversión, en Brasil es del orden del 18 por ciento del PBI, y en Argentina está cerca de sus máximos históricos del 24 por ciento. Frente a la crisis mundial, nuestro país respondió con tanta o mayor fortaleza que Brasil. En este escenario, el gobierno del presidente Lula consolidó los ejes del poder nacional de su país y desplegó, sobre la base de una presión tributaria mayor que en la Argentina, importantes y exitosos programas de inclusión social. De todos modos, existe en Brasil una fuerte polémica sobre las bondades de la política de un real sobrevaluado y altas tasas de interés. Pero la comparación de Argentina con Brasil no se agota en el contrapunto de las dos realidades en la actualidad. Ambas se basan en una trayectoria y esto me lleva al segundo comentario sobre tu carta.

Brasil. En el período de predominio de la estrategia neoliberal en la Argentina (desde el golpe de Estado de 1976 hasta la crisis terminal del 2001/02), el PBI total aumentó en 27 por ciento y el per cápita cayó en 10 por ciento. En el mismo período, el PBI del Brasil aumentó 120 por ciento y el per cápita en 30 por ciento. En 1975, el PBI argentino representaba casi el 50 por ciento del brasileño, en 2002 apenas superaba el 25 por ciento.

Entre tanto, el Estado brasileño consolidaba el desarrollo de Petrobras, promovía la conversión de Embraer en la tercera productora de aeronaves del mundo, impulsaba el desarrollo de las empresas “campeonas” nacionales en la infraestructura y en industrias de base y sustentaba el financiamiento en poderosos bancos públicos, en primer lugar, el Banco Nacional de Desarrollo, que en la actualidad aporta el 20 por ciento del total del crédito en la economía, enfocando sus préstamos a los sectores estratégicos. En la Argentina, en el mismo período, además de la tragedia de la violencia y el terrorismo de Estado, sufrimos la guerra y la derrota en Malvinas y una política sistemática, durante la dictadura y en la década del ’90, de desmantelamiento del poder nacional. Se vendieron y extranjerizaron YPF, la fábrica de aviones de Córdoba, las empresas públicas y las mayores privadas nacionales, se disolvió el Banco Nacional de Desarrollo (creado en 1970 durante mi desempeño en el Ministerio de Economía) y se endeudó el país hasta el límite de la insolvencia. Esta serie de calamidades demolió buena parte de la capacidad industrial del país, como lo demuestra el hecho asombroso de que, entre 1975 y 2002, el producto industrial per cápita cayó en 40 por ciento. Las consecuencias sociales fueron abrumadoras. Es en ese escenario, tan diferente entre los dos países, donde tuvo lugar, en Brasil, el desarrollo de la producción de pollos y otros rubros de la industria mencionados en tu carta. Nuestro atraso relativo respecto de Brasil viene de antes. Esta década, la tendencia comenzó a revertirse y podremos seguirlo haciendo si se consolida una visión y una política nacional del pleno despliegue del potencial argentino.

El Estado. Celebro que desde el sector privado surja una voz como la tuya, destacando el papel fundamental de las políticas públicas y proponiendo una reforma fiscal que genere recursos y los canalice al desarrollo económico y social. Es, en efecto, preciso una reforma tributaria que le dé equidad al sistema y recursos para proveer de los bienes públicos indispensables para el desarrollo y la inclusión social. No comparto tus dudas sobre la capacidad del Estado de administrar un régimen de retenciones flexibles, atendiendo a las variaciones en los mercados. Si el Estado es el que justificadamente reclamas, administrar ese instrumento es una tarea menor y, desde ya, cuenta con esa habilidad para ponerla en práctica.

En resumen, el futuro del campo y de toda la cadena agroindustrial depende del pleno desarrollo de la economía argentina, la consolidación de la soberanía y de la capacidad de decidir nuestro propio destino en el mundo global, la inclusión social y la consolidación de la democracia y, en su seno, la resolución de los conflictos de una sociedad pluralista como la nuestra. Comparto tu confianza en el potencial del país, en sus trabajadores y empresarios creadores de riqueza y en la inteligencia argentina. Hemos demostrado nuestra capacidad de emprender las actividades más complejas, como lo hacen, por ejemplo, el Invap fabricando reactores nucleares o, en el agro, los Grobo. Tenemos también los recursos financieros necesarios con una tasa de ahorro que alcanza a casi el 30 por ciento del PBI, equivalente a más de 100 mil millones de dólares anuales. No tenemos que andar buscando plata afuera, sino convencernos de que el lugar más rentable y seguro para invertir el ahorro interno es la Argentina.

Si la opinión predominante en el campo termina de convencerse de que el sector no es un apéndice del mercado mundial, sino un sector fundamental de una economía nacional, plenamente desarrollada, desde el campo hasta la industria, desde la Pampa hasta las regiones más remotas del inmenso territorio nacional, será un gran aporte para poner al país que realmente tenemos ahora a la altura del país posible, cuya construcción comenzó en mayo de 1810 y aún está inconclusa.

Un saludo cordial.

ECONOMIA › OPINION 1 de septiembre 2010

La macro y la micro

Debate sobre la soja y el modelo productivo Giardinelli-Grobocopatel-Ferrer

Por Enrique M. Martínez *

Página/12 habilitó un debate importante para caracterizar la producción agroindustrial argentina, a partir de una iniciativa de Mempo Giardinelli. Al momento, el intercambio ha derivado en una confrontación de miradas de Aldo Ferrer y Gustavo Grobocopatel, que me permitiría ultrasintetizar de la siguiente manera:

– El gran empresario sojero reclama la libre disponibilidad de toda la renta generada por nuestra pampa, sosteniendo que de tal modo se invertiría en industrializar las materias primas hoy exportadas, compitiendo con gigantes brasileños y saliendo a conquistar el mundo con productos y servicios argentinos, buscando así ser uno de los mejores 30 países del mundo en los próximos 20 años.

– El maestro de economistas, a su turno, señala que la combinación de un tipo de cambio alto para la industria y un tipo de cambio menor para el agro es un reconocimiento imprescindible de las diferencias de productividad sectoriales. Compara el desempeño de la economía brasileña con la argentina desde 2002 y de allí deduce elementos que ratifican su visión de que el esquema macro argentino es hoy superior al brasileño, de tipo de cambio bajo y uniforme.

Hay varios matices adicionales, pero tal vez en lo expresado esté el grueso de la diferencia en tiempo presente. Me permito intervenir porque el objetivo último de la política o la economía es mejorar la calidad de vida de toda la comunidad.

Si Ferrer sostiene lo correcto en términos macroeconómicos –y creo que es así–, la política de tipos de cambio diferenciales es parte importante del mejor camino para alcanzar buenos números globales de crecimiento. Sin embargo, si la discusión se centra sólo en ese aspecto, se podría concluir que la situación actual es la deseada. Y no es así.

La concentración de la producción, incentivada por la sojización y que a su vez realimenta la tendencia al monocultivo; el comercio exterior primarizado y controlado por corporaciones transnacionales; los productores pequeños y los pueblos pequeños cada vez más fuera de la discusión económica y del interés político; la de-

satención de los efectos ambientales asociados al modelo productivo dominante, son todos aspectos negativos del escenario actual que no se resuelven con las retenciones y que, por el contrario, se han profundizado durante su vigencia, aunque no por su causa.

El sueño de Grobocopatel de emular las plantas procesadoras brasileñas de un millón de pollos por día no es confrontado por Ferrer y, sin embargo, en esa visión está sintetizado lo que, a mi juicio, sería un drama para la Argentina. Ni la industria avícola, ni la industria lechera, ni la faena de bovinos o cerdos, ni siquiera la molinería de trigo o la producción de aceite tienen economías de escala que justifiquen postular que su éxito depende de alcanzar capacidades de producción monumentales. Nada justifica que la leche argentina se produzca y procese en cuatro o cinco provincias y los pollos en menos aún, salvo el poder económico de los actores principales, que han absorbido o desplazado a sus competidores, en base al funcionamiento de mercados desregulados de años.

Ni la agricultura sin agricultores –frase tan cara a Grobocopatel– ni la concentración de la industria agroalimentaria están otorgando a los argentinos, vivan donde vivan, la calidad de vida que merecen.

Sea porque un misionero come innecesariamente un pollo criado y faenado a 1000 kilómetros de distancia o porque los hijos del dueño de un campo, dado en arriendo para sembrar soja quince años seguidos, tendrán luego un campo con la mitad de la fertilidad actual, es mucho lo que se debe hacer en el campo argentino, además de reconocer que el tipo de cambio diferencial es necesario.

Por esa razón me alarma que Ferrer concentre su mirada en la inversión y ponga en el mismo nivel de ejemplo virtuoso a Invap y a Los Grobo, como modelos de emprendimientos necesarios y exitosos. Una sociedad donde la calidad de vida comunitaria sea la prioridad necesita empresarios argentinos exitosos e importantes. Pero la existencia de éstos no determina por sí sola que esa calidad se alcance. Por el contrario, es necesario contar con un marco regulatorio sustancial, lo que va más allá de las reglas de juego sobre la distribución de la renta.

Ese marco también debe incluir, en este caso, un uso racional del suelo agrícola, que considere la fertilidad como bien público; la necesidad de que quien tome tierra en arriendo para producción tenga sus raíces en la zona que ha de trabajar; la promoción de las industrias que procesen materias primas locales; el ordenamiento medioambiental.

Sólo el conjunto de decisiones y no una parte de ellas puede construir un escenario definitivamente superador. En todo caso, no es posible limitarse a discutir las retenciones porque, reitero, ya que Ferrer tiene razón en este aspecto, debieran quedar como están, con algunos criterios de flexibilización para productores más pequeños. En tal caso, el monocultivo, la concentración espacial y económica seguirán pendientes como problema.

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