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PANORAMA DESDE EL PUENTE


 

Lalo Moreyra

 

  Una vez más inicié el corto camino al río de mis desvelos, una vez más, como tantas antaño, recorrí el camino en busca de paz, del escenario donde se ensancha el alma.

Pero esta vez  el corazón me latía de otra manera, mis compañeros de la Fundación me habían advertido que las noticias eran especialmente aciagas: “el río esta agonizando”, me habían dicho, y yo no lo quería creer.

Recorrí por infinita vez el camino, aunque esta vez, a pesar de mi voluntad, sentía una daga clavada en el pecho por las noticias que me habían dado y que me resistía a aceptar.

Solo acercarme y comencé a sentir un olor que no era el de mi río, era olor a río si, pero no al Uruguay de mis respetos y de mi memoria, al Uruguay de mis amores, al de mis sueños y de mis esperanzas.

Un tufo ácido desconocido, aparecía sutil y se sumaba al perfume del Río de los Pájaros, anticipándome que sí, que era verdad, que algo grave estaba pasando.

Fue dejar el auto y empezar a ver esas aguas grandes, que desde el puente y hasta el recodo de la boya 90 de tanto que se enanchan parecen un  océano.

Pisar la arena de sus medanos interminables y ver el veneno invasor fue una sola cosa.

Aquel “cielo azul que viaja” como describiera el colosal sanducero, Aníbal Sampayo, ya no estaba y en su lugar una enorme y amenazante masa de agua color verde extraño, hería mi retina.

Una mucosidad repugnante había tomado la playa por asalto, la otrora arena amiga, limpia y acariciante estaba cubierta por una inquietante y desconocida sustancia verdosa.

A la hora de las explicaciones, aquellos que no mienten, que venían anunciando la catástrofe desde hace años me confirmaron que el Uruguay dijo: Basta.

Toda la materia orgánica arrojada por las cloacas de las ciudades ribereñas, el escurrimiento indiscriminado de los suelos por los desmontes para plantar soja y los venenos químicos que este y otros cultivos vuelcan en él, sumados ahora a los miles de toneladas de desechos orgánicos y químicos que arroja la maldita pastera finlandesa, lo están transformando en una cloaca.

Una cloaca de la que no podremos sacar agua para beber, de la que no podremos obtener peces para alimentarnos y en la que ni siquiera podremos bañarnos para aliviar los calores del estío.

A veces cuesta pensar que los humanos que vivimos en sus costas, arrojamos en él nuestros excrementos y después extraemos el agua que vamos a beber.

Y además, los residuos tóxicos de las fábricas, no solo de la monstruosa BOTNIA, la planta industrial que aceleró una generación los tiempos de inhabilitación de uso de las aguas del río, sino también de la discreta Fanaquímica, que desde nuestras costas, y con la tolerancia y complicidad de quienes deberían controlarla, en forma silenciosa pero constante arroja temibles substancias que luego pasan por las aguas que utilizan los inadvertidos bañistas de las playas de nuestra vecina Colón.

No puedo evitar pensar en los dos paradigmas antagónicos que se están enfrentando en este momento en nuestra región: por un lado, minorías solapadas y mezquinas que actúan como si ellos estuvieran exentos de las consecuencias, contaminando y envenenando suelos y acuíferos a mansalva, detrás del dios pagano de la Ganancia que devora todo a su paso como una verdadera plaga mitológica.    Y por otro nosotros, la gran mayoría de los ciudadanos que contemplamos azorados como nos están destruyendo con una impunidad que agobia.

El próximo domingo 29 de abril, una vez más nos encontraremos arriba del puente esta gran mayoría de personas que advertimos que ya no va más, que estamos llegando al límite, que si seguimos avanzando por el camino del irrespeto a la naturaleza los tiempos de los hombres en el universo están llegando a su fin.

Un amigo de otros pagos que cruzó a Uruguay en estos días me preguntaba que era esa enorme mancha verde que se advertía desde arriba del puente, aguas arriba de BOTNIA.

Una vez más relaté, que el río Uruguay no solo fluye hacia la desembocadura sino que también, en forma no habitual para los grandes ríos, refluye cuando los vientos en el Río de la Plata así lo determinan, de tal modo que los miles de toneladas de materia orgánica mezclada con tóxicos y venenos que vuelca la pastera son desparramados, por esta inversión de flujo, en toda la extensión del Uruguay potenciando gravemente su destrucción que se ha magnificado definitivamente desde la instalación de la maldita planta.

Estamos en un momento terminal para la naturaleza de la región, la línea de no retorno se visualiza claramente en las playas del Uruguay, es una línea repugnante, verde, viscosa y tóxica que lo muestra, ya no como un enorme curso de agua llena de vida apto para nuestro disfrute y recreación sino como una monstruosa cloaca, monumento a la insensatez infinita de quienes lo toleran y promueven.

Ahora todos tenemos la palabra y también la obligación moral de actuar sin vacilaciones ni dudas para impedir este colapso final de nuestra región.

 

www.fundavida.org.ar

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