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TODOS LOS VERDES, MENOS UNO

La exuberancia y prodigalidad con que la naturaleza nos obsequió fue de tal magnitud, la oferta de vida vegetal tan variada que a alguien en el pasado se le ocurrió llamar a nuestra provincia como aquella que se caracteriza por poseer todos los tonos de verde.

 

TODOS LOS VERDES, MENOS UNO

Hasta aquí llegaba la región del Guaran, como la llamó el pueblo Guaraní haciendo referencia a que era el lugar donde habitaban los guerreros (guaraní), territorio que se extendía desde el Caribe hasta el río más ancho de todos, al que los españoles llamaron el Río de la Plata, porque por él transportaban ese mineral, la plata, hasta Europa, luego de robarlo inmisericordemente del cerro Potosí, sito en el hoy territorio boliviano.
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Bastaba con circular por esta región, enmarcada por algunos de los ríos más grandes de América, para tener resueltas sin mayores esfuerzos las cuestiones primordiales de la vida cotidiana, su naturaleza ofrecía alimentos a discreción, toda el agua que se necesitase y un clima templado que acariciaba la piel con temperaturas que hacían parecer que las cosas fermentasen por la potencia de la reproducción de la vida en condiciones tan favorables.
Luego llegaron los gringos desde otras variadas y lejanas latitudes y eligieron quedarse por obvias razones: era la tierra prometida, el lugar donde se cultivaba el más sabroso y deseado pan, el pan blanco que se hacía con el mejor trigo, el que en otros territorios no se daba y por eso estaba reservado a las clases pudientes, solo para ocasiones especiales y que aquí milagrosamente era parte de la dieta cotidiana de todos.
Donde uno lo desease podía plantar lo que quisiera, los citrus, las vides, el trigo y la cebada, el lino, la remolacha, el algodón y los olivos, y podríamos seguir el inventario hacia todas las plantas originarias de todas las regiones.
Tanta era la generosidad de nuestro territorio que se produjo un fenómeno inédito, que no se da en otras partes del planeta. Aquí llegaron enemigos ancestrales irreconciliables que venían desangrándose en guerras de exterminio mutuo desde tiempos inmemoriales y se establecieron los unos al lado de los otros, y entonces el milagro: fue tan deslumbrante la generosidad de la naturaleza anfitriona que en vez de guerrear se pusieron a convidarse mutuamente con los manjares ancestrales de cada uno de sus pueblos, el keepe a cambio de los varenikes, el chucrut por la bagna cauda, delicias que aquí parecían surgir del suelo por generación espontánea, provocando la reconciliación de las razas en un hecho que reivindica la naturaleza humana y que solo fue posible por las bendiciones naturales del suelo que los acogía.
Sin embargo, como el resto de todas las cosas buenas, esto también pareciera tener fin.
El modo de producción de bienes que se instaló con la llamada Revolución Industrial tuvo su derivada en la forma de utilización de la naturaleza para los fines antrópicos basada en la obtención de ganancias a cualquier costo, aunque esto signifique agotar la fertilidad y aniquilar la vida, incluida la nuestra.
Los resultados están a la vista: en la Argentina, se perdieron en los últimos diez años tres millones de hectáreas por deforestación, siendo Entre Ríos líder en este vergonzoso ranking con más de medio millón de hectáreas.
La ley de presupuestos mínimos para la protección de bosques no detuvo el desastre porque nunca se reglamentó y menos aun se cumple, aunque este comprobado que la deforestación es una de las causas de generación de gases de efecto invernadero y del cambio climático
Lo mismo pasa con la fertilidad: . El principal problema que hoy presentan nuestros suelos es la fertilidad, aproximadamente perdieron el 70% de la capacidad de aportar nitrógeno y de la disponibilidad de fósforo para los cultivos. Es la degradación más importante que hubo en la región, dijo Roberto Álvarez, profesor titular de la cátedra de Fertilidad y Fertilizantes de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA).
Los propietarios de fundos agrícolas en Argentina extraen los nutrientes del subsuelo que son patrimonio, de acuerdo a la Constitución Nacional, de todos los argentinos y los venden en sus cosechas apropiándose de algo que no les pertenece, en beneficio propio.

La fertilidad se está agotando aceleradamente transformando nuestros suelos en desiertos y en pocos años mas no tendremos ni para producir los alimentos necesarios para nuestra supervivencia.
Si seguimos así, y nada parece anunciar lo contrario, esta dejará de ser la tierra prometida donde crece todo, donde las razas se encuentran en pacíficos abrazos de hermandad y seguramente será escenario de conflictos.
Por lo pronto pareciera que ya no se cumple el slogan, ya no somos la tierra de todos los verdes, porque hay uno que está comenzando a desparecer rápidamente: el verde esperanza.

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