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CUANDO SE CERRÓ SE PERDIERON MUCHOS PUESTOS DE TRABAJO

 

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A CONFESIÓN DE PARTE, RELEVO DE PRUEBAS

Si bien el lenguaje en la era post digital ha sido desvalorizado hasta el desprecio como forma de revelar ideas e intenciones continua siendo, a pesar de los comunicadores, una de las mejores vías para conocer el pensamiento profundo de quienes lo utilizan, aun cuando éstos tengan la manifiesta intención de ocultar sus cavilaciones detrás de enmarañados bosques de palabras; veamos sino.

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Por estos días un senador entrerriano, Cesar Melchiori, logró llevar hasta la instancia del debate parlamentario un proyecto de Ley que pretende regular las fumigaciones con agrotóxicos que están envenenando suelos, acuíferos, pero sobre todo la vida en cualquiera de sus formas, en nuestra provincia.

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Y no se trata de una propuesta radical de cambio de paradigma en la agricultura que pretenda terminar definitivamente con la forma de producción industrial basada en la utilización masiva de agrotóxicos, sino de un intento de poner alguna clase de límites a quienes escudándose en un apetito de ganancias sin escrúpulos no dudan en verter indiscriminadamente temibles venenos, aplicándolos incluso sobre las personas, en especial las más vulnerables, los pobladores de zonas rurales y suburbanas, los niños y sus maestros en las escuelas rurales.

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El proyecto trata de alejar el volcado de agrotóxicos de las personas que son rociadas impunemente, sin poder evitarlos y de los acuíferos que luego los incorporan al agua de bebida y los alimentos que toman contacto con ella.

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En nuestra provincia, que tiene cerca de 37.000 kilómetros de cursos de agua de distinto calibre es un dato alarmante, porque semejante red hídrica es de inevitable contacto, deliberado o accidental, para todos los seres vivos que la habitan.

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Y ya no se trata de poner en duda las amenazas de estos temibles productos, como ocurría hasta apenas un par de años atrás, cuando quienes lucraban con ellos proclamaban su inocuidad con los seres humanos y la vida en general.

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Sin embargo sus efectos aterradores en los últimos tiempos han sido tan manifiestos que instituciones que ignoraban sus consecuencias han tenido que asumir hoy su peligrosidad y advierten por todos los medios a su alcance acerca de las nefastas consecuencias de su uso.

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La tragedia tóxica es inminente.

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No queremos abundar en esto así que solo mencionaremos el último dato: En la Cuarta Conferencia Internacional sobre Gestión de los Productos Químicos, unos 118 científicos eminentes de la salud y toxicólogos de África, Asia, las Américas, Australasia y Europa han escrito a los directivos del PNUMA, la FAO y la OMS para exigir que se ponga fin al uso de PAP -plaguicidas altamente peligrosos-.

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La carta señala que los PAP constituyen una amenaza a la salud humana y el medio ambiente y llama a poner fin a su producción y uso “…para proteger a nuestros niños y a las generaciones sucesivas de una tragedia tóxica inminente”.

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Pero lo que hoy nos provoca estupor, lo que nos resulta abrumador, es la actitud de una de las gremiales de productores más representativas del sector, la Federación Agraria Argentina –filial Entre Ríos- quien en la boca de su Director, Elvio Guía, calificó como “preocupante” el proyecto de ley de agroquímicos que se trata en el Senado provincial.

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FAA cuestiona la prohibición de las fumigaciones aéreas y las restricciones de mil metros desde los cursos de aguas y sus nacientes, para las pulverizaciones terrestres. “Una superficie muy importante quedará sin producir”, se alarma Guía, que es más o menos como argumentar que no se cierren los campos de concentración nazi porque se perderían muchos puestos de trabajo de verdugos, custodios, torturadores y asesinos.

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Guía no menciona el verdadero problema que es la gente envenenada, solo refiere que se les acotaría el negocio por aplicar estas nefastas técnicas productivas mostrando un cinismo y desprecio por la vida que lo ponen a él y a quienes como él piensan en el mismo rango moral que los asesinos seriales o los criminales de guerra: el fin, en este caso la obtención de ganancias, justifica todos los medios, incluidos el envenenamiento de las personas, su muerte y la aparición de deformaciones monstruosas, seres quiméricos y enfermedades congénitas de las víctimas.

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Es remarcable también la ineptitud rayana en lo criminal de esta dirigencia mediocre que es incapaz de imaginar y proponer otro escenario productivo que no sea el que asocia a alimentos y venenos tóxicos.

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La agricultura tiene más de cien siglos de antigüedad y solamente en el último comenzó a practicarse esta forma criminal de producir alimentos que lleva inexorablemente a un genocidio colectivo, sin embargo sus intermediarios, o por lo menos sus representantes gremiales no la cuestionan ni proponen retomar las formas naturales de alimentarnos, solo temen por sus ingresos inmediatos, aunque para obtenerlos se envenene la vida y la naturaleza.

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