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BUENA PRÁCTICA ES NO ENVENENAR….

BUENA PRÁCTICA ES NO ENVENENAR….

….buena práctica es no agotar los suelos, preservándolos para los que vienen.

Hace poco tiempo en estas mismas páginas debatíamos con algunos exégetas del modelo de agricultura industrial que se está implementando en la provincia acerca de los falsos anuncios que hacían sobre una presunta inocuidad de las substancias químicas usadas masivamente los campos de la provincia.

Nos decían, y es bueno recordarlo, que eran inofensivos, que no hacían daño, que se diluían y desaparecían inmediatamente aplicados, que exagerábamos que éramos ambientalistas fundamentalistas, que estábamos contra el progreso y muchas cosas más.

Hoy vemos  a los mismos que enfrentábamos con nuestra denuncia, cambiando radicalmente de postura y de discurso sin que se les mueva una pestaña.   Y nos alegramos, porque significa que la presión de la verdad evidente y la alarma que se expande en la sociedad no han sido en vano.

Los que antes argumentaban indignados que el glifosato era casi como agua bendita hoy se muestran públicamente integrando foros para difundir “buenas prácticas” en el uso de estos tóxicos.

Es un gran paso adelante, pero no alcanza.

No alcanza porque para este reconocimiento ha sido necesario que se difunda públicamente la noticia de la muerte de Daniel Ortiz, uno entre tantas víctimas de este modelo atroz.

No alcanza porque se sabe off the records, que los análisis que se han hecho sobre las aguas del río Uruguay y Gualeguaychú y los peces que en ellos habitan, que los venenos de la agricultura se expanden más que peligrosamente en el ambiente contaminando hasta transformarlos en trampas mortales, según normas internacionales, y estamos hablando de los peces que consumimos habitualmente los habitantes de esta región.

No alcanzan porque las malformaciones y deformaciones que se están detectando en los hospitales públicos generadas por las alteraciones endócrinas que provocan estas substancias están alarmando a la comunidad médica, principalmente de Paraná, que se tiene que hacer cargo por derivación del interior de la provincia, de estas terribles novedades.

No alcanzan porque este modelo que se sigue expandiendo,  según  INTA é INTI, están  actualmente sometiendo los suelos de la provincia a un proceso que catalogan como de minería extractiva de empobrecimiento irreversible.

No alcanzan porque las autoridades del área siguen haciendo la plancha sobre las decisiones que deberían tomar y las leyes que deberían hacer cumplir y que no respetan, haciéndose pasibles de ser denunciados por incumplimiento de sus deberes como funcionarios.

Y por supuesto que se puede cambiar: desde que se inició la práctica de la agricultura, quizás hace más de 10.000 años hasta apenas hace 100, los cultivos se hacían de forma orgánica y natural, los suelos se dejaban en barbecho para que se repusieran , y se abonaban con elementos orgánicos y no químicos como en la actualidad.

Fue después de la primera guerra mundial, cuando las industrias químicas que fabricaban los Gases de la Muerte, una vez terminada la contienda, para seguir ganando dinero, convencieron a un sector de la humanidad que se podían usar para matar “bichitos” que se comían los cultivos, fue entonces hace muy poco tiempo que se inició esta historia que nos está condenando a muerte.

Tampoco es verdad que cultivar de esta manera, estas semillas transgénicas que están terminando con la diversidad biológica del planeta sea el mejor negocio para quienes cultivan el campo.       Si utilizáramos la potencialidad de nuestra Pampa Húmeda para producir alimentos sanos y orgánicos, nuestros clientes no serían los cerdos chinos o los tanques de combustible de los vehículos europeos, nuestros clientes serían los sectores con mayor poder adquisitivo del planeta que advertidos de estos alimentos envenenados, les ponen cada día más trabas  para que ingresen a sus países y privilegian para su consumo, aunque deben pagar mucho mayor precio los alimentos que se laboran con las técnicas tradicionales que en algunas regiones del planeta fueron abandonadas por la imposición de los modelos traídos por estas multinacionales que controla la producción primaria en la Argentina.

Por eso decimos: para envenenar la naturaleza y agotar nuestros suelos no hay Buena Práctica” posible, la única buena práctica es dejar de ser esclavos de Monsanto y poner nuestras Universidades, Institutos Tecnológicos y nuestros recursos productivos a desarrollar y mejorar técnicas de cultivo que no utilicen venenos ni substancias químicas ni manipulen genéticamente la naturaleza para obtener nuestros alimentos.

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